Alegoría de una Revolución.


Hoy todas las frases bonitas te suenan ingenuas. Tarda demasiado. Ya debería estar aquí el condenado. Hoy no haces nada y lógicamente lo más probable es que te pasara algo. Pero nada termina por ser algo hoy en tus manos. Llevas tres horas haciendo lo mismo: comes palomitas y bebes cerveza barata en ese sofá que tiene ya tu forma. Comer palomitas es comerse a uno mismo. Comerte con toda tu mierda dentro. 

Cuando estás triste definitivamente te sientes más cerca de ti mismo. Definitivamente eso es inaguantable te repites una y otra vez. No hay cubos de palomitas suficientes en el mundo para sobrellevarlo. Gracias a Dios que de vez en cuando hay anuncios como los llamas tú; felicidad como los llaman los demás. Cuando los problemas pierden su sentido. O simplemente pesan menos. Cierras los ojos. Te dejas llevar por el tiempo. Por el placer que te insufla el aire acondicionado sobre tu cara.  Entonces una sonrisa traiciona el acontecer de lo previsto. Piensas que el jodido es un pato, un ser sin ninguna misión en este mundo pero basta imaginarlo para que una extraña alegría te invada. Y ya no digamos cuando se cuela a través de la trampilla de la puerta y os vais a jugar juntos al jardín de la casa de al lado. Entonces todo el mundo parece esperar a que acabes. Juegas como un niño y de repente te vuelves niño. Primero crees y luego ves. Primero bebes y luego dejas de ver. Así funcionan las cosas en tu mundo.

Miras al reloj por mirar. Te tumbas boca abajo en el sofá. Se te cae la cerveza. Da igual. Los niños funcionan boca abajo. Boca arriba se bebe peor. Se lee incluso peor. Como los insectos odias estar boca arriba. El vecino ha llamado a la policía tres veces en lo que va de mes. Nadie puede entender que un administrativo se lleve bien con un pato. Pero son los mismos que creen que un día llegarán a ser ricos porque sí. La verdad es que entiendo en parte a mis vecinos. No debe de ser un espectáculo agradable a la vista. Mirar por la ventana de uno y verme cuaqueando entre sus petunias. Pero deberían entender que mi pequeño jardín se me hace lógicamente pequeño. Soy un trasgresor de la propiedad privada. No se pueden quejar de otra cosa porque juro que corro lo que puedo persiguiéndolo y cuaqueo lo mejor que sé. Corro tras él moviendo las manos mientras él agita las alas amenazando volar. No creo hacer daño a nadie. Sería de ingenuos pensar que me iba a pasar todas las tardes sentado en el sofá sin hacer nada. Cuando te dan igual los demás uno hace lo que se permite hacer.   
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