Viejos

Hay cosas en la vida en las que uno no repara si se deja llevar. Si no está dentro del lío como digo a Juan, mi compañero de banco todas las tardes. A Juan le conozco sólo desde hace un mes pero es un viejo que habla y calla lo justo y gracias a éso y no a otra cosa nos hemos hecho amigos. Afuera todavía hace frío, y el frío que no mata es la puntilla para los viejos. Así que Juan y yo no saldremos fuera de este centro comercial hasta que el sol deje de ser un capricho el sábado por la mañana. 

Juan y yo miramos gente. Lujos: un café cada tres días. Nos pasamos las horas observando. Si quisiéramos hacer otra cosa no podríamos, no hay dinero, así que nos limitamos a mirar como los conectados compran. Los "conectados" son los otros. Un teatrillo de gente que entra y sale de las tiendas intentando analizar todo. Buscando un equilibrio perfecto entre deseo, necesidad y posibilidad. Las bolsas. Los carros. Los tacones golpeando los pasillos. Los móviles suenan. La gente responde. Conversaciones cruzadas. Vidas enganchadas. Los niños queriéndolo  todo mientras sus madres tratan de explicarles que en esta vida sólo se tiene lo que se gana. Me gustaría que alguna madre también le explicara a uno de esos niños que ganar sin tener no es ganar sino el anuncio de cada una de las desdichas. "Son niños", me contestarían esas madres. Y yo diría: "Claro mujer, angelitos". Cuando eres viejo como Juan y yo miras para atrás y solamente ves vida. Quiero decir que no reparas en el tiempo que necesitaste para aprender, y sino para aprender, esa palabreja es pretenciosa hasta para un viejo, para vivir. 

Juan desaparecerá un día y no puedo asegurar si lo echaré de menos. Juan y yo no nos meremos otra cosa que desaparecer. La vida se muestra como tal sólo cuando desapareces. No hablo de morir. Hablo de cuando empiezas a ver lo que pasa es ajeno y frío y las certezas pesan más que todas las esperanzas juntas.


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