Peligrosamente

El lugar de encuentro era Calle Minas, nº1. Me esperaba en la planta baja del Picnic tomando un té con leche que la inquietud de la espera le suministraba de una vieja y algo oxidada tetera metálica. Sujetaba la taza firme, aguantando el calor concentrado en el asa. Un bolígrafo y una carpeta de cuero se hacían presentes en una pequeña mesa de café decimonónico de madera al alcance rápido de su mano izquierda. Unos técnicos de sonido de un grupo indie que tocaban por la noche entraban y salían diligentes sin percatarse de su presencia. A esas horas el bar estaba tranquilo y acogía sin perder su condición algún lector o algún amigo de la camarera, una chica fea de cara, con las rodillas feas y los brazos feos pero quizá también con un conjunto bello. 

No era la primera vez. Aquellos sobres los recibía cada dos meses. Le ayudaban a llevar una vida acorde a un cúmulo de necesidades sobre el cual deslizaba su día a día y que le había convertido en quién era: un hombre admirado, respetado y a lo mejor hasta envidiado. Acudir al bar y recibir el sobre era un acto furtivo y quería que así continuara siendo. Formaba parte de su intimidad donde sus circunstancias personales se imponían a  la  rectitud de la que presumía en público. Ni su mujer lo sabía. Este era un país donde la crítica con la intención de exculparse y posterior condena con el objetivo de legitimar el funcionamiento errático de las instituciones era implacable, pero no porque la justicia tuviera un arraigo entre las gentes sino por anhelo de unos valores que nadie en el fondo poseía. Al final, quién era él, era una pequeña pieza del engranaje de algo socialmente admitido dentro del partido y del que nadie hablaba. ¡Y qué Diablos! ¿Quién era él para juzgar algo que seguramente los líderes, los que dirigían el país, compraban conciencias, marcaban el destino colectivo, habían admitido como práctica habitual y necesaria? Nadie le atraparía. Todo era tan fácil como coger el sobre y salir de aquel bar. No era un tipo complicado. Siempre que probaba un plato nuevo se impregnaba antes los labios. Los tipos así siempre tenían una salida de emergencia.

Le identifiqué mientras bajaba una pequeña escalera de caracol. Aquel hombre me daba la espalda. Miraba directamente a un escenario en penumbra con la cabeza algo ladeada. Saqué el sobre del bolsillo interior de mi chaqueta como un ganster saca su pistola. Lo cogí de un extremo. El sobre me conducía hacia su mesa como uno de esos palos que encuentran el agua en el desierto. Pero algo me hizo pararme en seco y volverlo a meter lentamente en mi chaqueta. Cogí una silla y me senté a horcajadas frente a él. La sala vacía e inquietante nos envolvía.  Nuestras miradas se cruzaron antes de que sus ojos se cerraran definitivamente y su boca se abriera ridícula de par en par.




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