Correr

Las aceras mojadas. Las surcan pequeños ríos perezosos, densidad de hielo y gravedad, que surge de la boca meada de los canalones. Ha llovido. Es temprano. Te levantaste sigiloso con miedo a despertarla.  No le gusta que la despiertes. Levantas los brazos. Las costillas se abren. Se trasladan dentro de ese amasijo desconocido que te inunda y que a veces te da tanto miedo. Entonces el bao se fuga por tu boca y te abrigas defendiéndote. Agitas los muslos a punto de desencajarse de tu clavícula. Notas la incertidumbre del latir de tu corazón. Te haces viejo pero sigues corriendo. Cada mañana cruzas la ciudad para reconocer antes que  nadie cada esquina asomándote antes que nadie a cada abismo. Buscando esa soledad incómoda y renovada. Es tan irracional. 
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