Suburbia.

Aparco mi Chevrolet descapotable azul cielo en cualquier calle de Suburbia, Florida. Todo se mantiene igual que en la película de Eduardo Manostijeras, pienso. Una barriada inmensa. Llena de aristas y coches familiares aparcados. Casas prefabricadas que forman un todo de calles predecibles. Fachadas color pastel disimulando una soledad fantasmal y quejarosa.

Hace un buen día. El sol se escurre dulce entre las ramas de los sauces llorones del jardín de la casa de Anita Eader. A cada paso toda la vida en ese jardín, cada crujido, cada insecto, el cesped recién regado, se presenta, toma relevancia para mis sentidos. Definitivamente las bandas de saqueadores todavía no habían llegado a aquella zona residencial. Supongo que debo ser de los pocos que quedan que creen más allá de las evidencias. Subo sigiloso las escaleras del porche donde un negro se da impulso a una mecedora mientras silva time is on my side. Le encañono con mi star y el viejo luciendo una enorme sonrisa se limita a quitarse dos botones de su camisa para enseñarme su pecho. Bajo mi star y acto seguido me ofrece un trago de una botella de Four Roses. Nos reímos los dos.

Sobrevivir para continuar viviendo en la duda. Una duda que se moría en las noticias de las pocas televisiones que aún funcionaban. Instinto de supervivencia dicen. Buscar comida de otros para seguir alimentándose de instintos primarios. Eran tiempos para arrebatar. El poder cambió rápidamente de manos. La población se dio cuenta por fin que el poder se alimentaba de su consentimiento. No obstante nadie pensaba que todo iba a caer tan rápido. Todo empezó cuando la gente se tiró a la calle a protestar. La gente quería poner cara a los responsables de su miseria. Buscaron y encontraron. Las ejecuciones desnudaron  la ingenuidad de los tiranos y los sueños de poder de los sometidos.

Salgo de la casa de Anita Eader con un saco lleno de comida y joyas. Dos cadáveres duermen en el salón viendo la televisión. Antes de irme miro al negro y éste sin perder la sonrisa me señala unas tijeras de podar abandonadas en el suelo. Durante unos segundos las miro. Finalmente me acerco, las cojo y empiezo a podar el seto con forma de Tiranosaurio Rex.
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