La muerte de Pete.

Nada más tirar la puerta abajo el agente y yo empezamos a escudriñar cada centímetro de aquel cuarto de baño. Rápidamente nos dimos cuenta que no había nada qué buscar. Pete nos miraba. Quizá sólo fue que la casualidad cruzó su mirada con la nuestra. Su cuello sudaba frío. Estaba desnudo con una cruz de plata sobre su pecho. Su esqueleto enfundado en piel descansaba torpe en la bañera. La piedad que insufla un hombre en ese estado rezaba a sus pies. Tenía cara de niño travieso. En realidad era un niño atropellado. Rápidamente nos encaminamos a sacarle de allí. Su debilidad le hacía pesar como un elefante. En cuanto me sintió empezó a llorar. Bajo. A duras penas. Quizá era la primera vez que lloraba. Súbitamente su cuerpo se volvió rígido focalizando la fuerza que le quedaba en sus labios.

- Ey tío, te voy a decir algo. Cualquier vida te da más posibilidades que una margarita. Puedes matar todas las noches algo. Puedes cometer infinitos errores. Todos los que quieras. Todos. Todos menos el que te finalmente te destruye.

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