La última pelea de Ray Sugar



Me presentaré: Me llamo Leonard Ray Sugar y mis rivales mueren de diabetes. Pero hoy no es mi mejor día. La lona está a punto de abrazarme. No sé si veo gente ya que sonríe mientras me tambaleo. Sacan sus apuestas de los bolsillos y gritan algo así como “YA TE LO AVISAMOS”. La gente disfruta viendo tambalearse a los dioses. Desde sus asientos condenan al que hace un mes pedían un autógrafo. La calle que separa la admiración de la envidia es la más estrecha de toda la ciudad.

No sé qué hice mal, quizá el problema es el dinero por el que lucho. Definitivamente el dinero, ya lo decía mi padre, es la peor de las enfermedades para un pobre. De todas las formas he estado entrenando en esta ciudad, que no es la mía, donde las carreteras nos separan y todos estamos solos. Creo que tengo demasiados amigos que les gusta demasiado mi dinero.

Acabo de recibir otro golpe. El protector vuela. Mi mandíbula se desencaja. Creo que es hora de pedir un deseo. No me gustaría morir sin pedir mi último deseo. “Me gustaría que si no salgo de esta me contaran diez en el cementerio. Seguro que me levanto”.

Nací boxeador y negro. De pequeño ya dibujaba lunas en vez de corazones. Hacer lo contrario a lo que la mayoría cree que debes de hacer supone dar demasiadas explicaciones. Determinada gente teme demasiado lo que no comprende y termina por aborrecer a aquellos que encajan cuadrados donde a su parecer sólo deberían encajar círculos. Un día me atreví a replicar y me cosieron la boca con alambre de espino. Fue ahí cuando comprendí que debía defenderme. Qué se iba a hacer. No tenía las piernas de una modelo para poder correr más deprisa que mi sombra. Ni la inteligencia que mis padres nunca vieron en mí. Sólo tenía unos guantes viejos y los pies de Fred Astaire.

La sangre cae por mis comisuras pero no es final. Me han golpeado bien duro pero no lo suficiente. Es una suerte de que esta gente no conozca también el dolor como yo. Que el despertador no sea su guillotina. Que sus padres no les pegaran por respirar. Siempre fui uno de esos tipos que vuelven pronto a casa después de una fiesta en la universidad. Se pueden hacer ricos apostando en mi contra pero el que está arriba en cuadrilátero una y otra vez soy yo. Sólo pido otra oportunidad. Otra pelea. La última. Sólo pido unos guantes nuevos y una buena banda sonora. Sé que el último golpe es el ganador y para mi suerte Alí me dijo en sueños que está todavía en mis guantes.

Julie está viendo el combate por la tele. Con el dinero que gane dejaremos esta mierda de ciudad y nos compraremos una casita blanca en la playa. Mientras Julie piense en mí, mientras el pabellón esté lleno, mientras mi teléfono suene en la taquilla, seguiré vivo.

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