Juan y Ana

Ana apretaba la mano de Juan con fuerza. No veía bien. La quimio le había consumido sus ojos. Esos ojos antes verdes ciencia ficción. Juan temía el momento de decirla adiós. De pequeño creía que volver era siempre más triste que irse. Pero de pequeño aún no conocía a Ana. Por primera vez tenía miedo. Se sentía superado. Las cosas cambiaban demasiado y no siempre a mejor. Le echaría mucho de menos.

Ana había perdido el miedo a morir. Al fin al cabo morir no era nada. Había aprendido que en esta vida a lo que había que temer en realidad era al dolor. A esos mordiscos en el alma. A esas miradas de disimulada alegría de Juan. A esas miradas suyas de falsa esperanza.

- Juan, antes creía en lo que veía pero ahora es al revés. Veo lo que creo Juan. Y si cierro mucho los ojos sólo te veo a ti.
- Ana, prométeme una cosa. Si hay una estación en el cielo espérame en el andén. Siempre me pierdo en las grandes ciudades.

Los dos rieron y lloraron a la vez. Juan pensó en lo valiente que era Ana. En su dignidad y en lo que le había cuidado. Su timidez llena de misterio cuando la conoció en un concierto de Kasabian en la Ribiera. Intentó recordar su peinado poppy de ese día. El color de sus botas de caña. Por un segundo la vio en el piso de arriba de la Vía Lactea sentada en el banco tocándose con nerviosismo su pelo lacio y negro mientras volvía del baño. Recordó cómo bailaban. Como alcanzaban lo que llamaban el “Extasis Láctico” bebiendo zumo de naranja porque al día siguiente tenían que trabajar. Se reían mucho el uno del otro. La risa había sido el pegamento que había unido sus almas. Ana era mucho más elegante, extravagante y sofisticada que él. Eso se veía a simple vista. Se notaba que había estudiado más y sobre todo mejor. Pero Ana le quería así. Veía en su vulgaridad, en su inconsciencia, la libertad que los libros le habían robado. Le gustaba tanto cuando le abrazaba o le permitía mirarla mientras se pintaba. En cómo se encelaba o fingía hacerlo cuando miraba a alguna otra chica.

Ana pensó en lo valiente que era Juan. En cómo había crecido en silencio. En cómo guardaba el equilibrio. Ese equilibrio entre su locura y su valentía. No había otra cualidad más importante que ser valiente. Sólo los valientes son generosos pensó. Sólo los que no temen quedarse sin nada son capaces de dar.

Cuando me enteré por boca de Juan que se había quedado sin Ana, pensé en lo poco que valían las sonrisas de los aparcacoches, que te admiren por lo que parece ser, el empezar a llevar pantalones chinos, hacerse mayor, el escudarse en la experiencia vital, dar consejos, buscar en vez de encontrar, lo que pensarán los amigos, los enemigos e incluso los enemigos íntimos, la felicidad edulcorada de los anuncios, el parecer seguro a toda consta, el llamar negro a un negro, caer bien a todos superando a Jesucristo, parecer ser normal, ¿qué es ser normal?, dónde van las balas perdidas, lo poco que sabemos de lo que sale en la tele, lo poco que aprendemos de las preguntas de los niños, lo que guardan las cloacas intestinales, la política, las cruzadas, el fútbol, el querer ser jefe, superarse o huir, que da lo mismo, sacrificar querer por querer ser, el sombrero de Pete Doherty, lo que es arte y lo que no y por qué en las pelis los malos huyen de los buenos si los buenos son buenos y los malos son malos… Todo es celofán salvo el amor, pensé hacia mis adentros.

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1 Comentarios Misteriosos:

  1. AKASHA BOWMAN. dijo...:

    Desde que he llegado ha sido recibir una grata sorpresa tras otra... me he quedado prendada de sus "microrrelatos". Sigo leyendo caballero, totalmente satisfecha con mi lectura...

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