Capitulo 6: Moscas en el Corazón.

Bueno, este es el 6 capítulo recién parido de mi novela "Moscas en el Corazón"... Es una novela que intenta hacer equilibrismos entre lo real y lo irreal. Entre la cordura y la locura. Tiene algo de cómic... Espero que os guste este 6 capítulo, os enganche y os haga leer los anteriores (podéis encontrarlos en el margen derecho).


Un saludo.


  
  


VI





Frío seco, duro, del que muerde los huesos. Puse las luces y me recliné el asiento. Suspiré. Tenía ese sueño goloso de bostezo de trago largo y cosquilleo intenso de manos. Extrañamente y para mi asombro el regusto dejado por la cena había sido tan amargo... Tenía resaca, e incluso pereza de mí. Estaba desilusionado conmigo mismo. Rabioso. ¡Me conformaba ya con tan poco! Mi vida tenía la profundidad de un charco. En una hora, había recuperado mi paraíso artificial. Todo lo que creía perdido. Había bastado nada, el carmín partido de los labios de Violeta y un collage de recuerdos, para creer que después de todo lo mío tenía cura. En el fondo era uno de esos tipos que todavía creían que unos tímidos rayos de sol podrían desencadenar un día de verano.

Entre las callejuelas cercanas al mercado del Val mis ojos se vencían poco a poco, y entonces pasó, mi cabeza de guiñol se golpeó plomiza contra el cristal cual pedrada. Súbitamente tuve que hundir el pie en el freno. El coche activó los ABS. Las ruedas arañaron el asfalto veinte metros. No había percibido una valla cruzada en medio de la calle. Cerré los ojos y me aferré fuerte al volante. ¡Dios mío! ¡No podía ser! Ya. El coche se había parado. Un segundo más tarde y me habría llevado por delante el paso del Cristo Atado a la Columna. A ese Cristo de Gregorio Fernández que tantas veces había visitado junto al resto de la clase de arte en la iglesia de La Vera Cruz. Todos los Martes Santos como era el caso vagaba en silencio por las calles trasmitiendo su dolor. Ese dolor que me desnudaba de circunstancias y que me devolvía a mí mismo. Ese dolor que me decía la verdad.

Olía a neumático quemado toda la calle. Me quité el cinturón. Levanté la vista. Tenía al Cristo enfrente. Sus ojos me miraban fijamente como pidiendo explicaciones. Todavía temblaba sobre el paso iluminado por multitud de pequeños y delicados farolillos. Si hubiera sido portado por costaleros seguramente se hubiera desplomado hacia un lado sin remedio. No obstante, debido a su peso y al de la plata que lo adornaba, era empujado desde hacía años sobre  ruedas y eso lo había salvado de un fuerte empellón debido al espanto de los cofrades.

Los cofrades que flanqueaban el paso rodearon el coche en silencio. Estaba asustado. No sabía si aquellos hombres querían hacerme daño. Eran muchos. Mi corazón latía como el de un caballo. La star en mi pierna me tranquilizaba. Automáticamente mi mente entró en un trance irracional, descabalgado,  y entonces vi a mi padre. Mi mente me traicionaba de nuevo y creaba poco a poco una realidad, una visión casi perfecta. En el espejo retrovisor del coche se empezaba a proyectar mi padre sujetándome la mano fuerte mientras hacía uno de sus trucos de magia. Yo era un niño. Los dos estábamos sentados en una mesita en el Café Lion Doors en la Plaza Mayor tomando un descafeinado. El truco consistía en calentar con un mechero una moneda de 100 pesetas hasta que quemara. Meterla en la mano y transformarla en una moneda de 25 pesetas fría como el hielo.

-          Hay magos que no actúan en teatros Zero. Están entre nosotros enano. Magos que te sorprenderán y te encandilarán y que incluso te querrán. Sus trucos serán tan buenos que confiarás en ellos. La mejor verdad es la mejor mentira. Por eso nos ilusionamos Zero. Por eso amamos. Porque nos resistimos a que el amor no exista. Nos resistimos a sentirnos desvalidos de cualquier verdad.  

Mi padre murió en primavera y con él parte de la magia de mi vida. A veces creo que se murió en el momento justo. De hecho, creo que no estaría demasiado orgulloso de mí. A veces le sentía cerca y creía ver su sonrisa en la sonrisa de desconocidos por la calle. Su muerte fue su último truco.

-          ¿Se encuentra bien señor?,-  se dirigió a mí un cofrade con barbas blancas apostólicas asustado que se había recogido el capirote sobre la cara.
-          Sí, no vi la valla por la niebla, lo siento. Estoy bien. Sólo tengo una quemadura del cinturón. Perdonen.
-          Aparte el coche por favor, aquí no ha pasado nada, hace un día horrible. El Señor pone y quita. El Señor salva. Dé gracias a Dios y vaya en paz.

Me quedé en el coche hasta que la comitiva desapareció lentamente entre la niebla. Los bombos resonaban en la profundidad de mis entrañas como puñetazos huecos. Puse la marcha atrás y busqué una ruta alternativa en el TOMTOM. Buscaría un sitio para aparcar en una calle adyacente a La Guarida. Miré el reloj, 5:15 a.m. Tenía dos horas más o menos para recuperar el móvil.

Como en los trucos de magia de mi padre algo iba a sorprenderme aquella noche. Tres furgonetas de policía cercaban la entrada a la discoteca. Había un cordón policial entre las columnas de los soportales. Entre visillos los vecinos se asomaban tímidos a las ventanas. La policía científica corría portando bolsas de plástico de un lado para otro con sus caras desencajadas. ¿Qué había pasado allí? Sorteé dos UVIS móviles y me acerqué al cordón y allí vi a Luis. A mi hermano.

-          Identifíquese.

Enseñé mi DNI.

-          Soy Carlos Truyenque, hermano del comisario Luis Truyenque.
-          Pase por favor.

Mi hermano era alto y grande como un monte. Tenía el pelo engominado para disimular en la medida posible sus acusadas canas. Las arrugas le estrangulaban sus pómulos como cicatrices de todas sus peleas. Su mirada era aviesa y provista de alma. Y su cuerpo era erguido, impoluto. Tenía dos años menos que yo, 32, pero siempre había ejercido consentidamente como hermano mayor. Era el niño bueno de mamá que ponía todos los días la mesa. Ese niño que a diferencia de mí supo hacerse un hombre y escribir su destino. Su rectitud e inalterables ideales heredados de mi padre le habían llevado a hacerse policía. Después de estar destinado en el País Vasco cinco años, tras casarse con Amalia, buscó la seguridad de las tierras castellanas. Su profesionalidad y sus amistades en el cuerpo y en la Junta le llevaron a realizar una carrera meteórica hasta que le nombraron comisario jefe de Valladolid. Cuando enfermé el corrió con todos los gastos. Lo más fácil habría sido dejar correr los acontecimientos. Dejar que la vida me desnudara del todo. Dejarme ir. Pero no lo hizo. Se resistió a dejarme marchar implorando al mundo mi segunda oportunidad.  

-          Hola Luis, te he visto a lo lejos.­- Le vi apoyado en su coche fumando. 
-          Hola Carlos, ¿qué haces aquí?   
-          Pasaba por aquí de camino a casa y he visto las luces… ¿Qué ha pasado Luis?
-          Aún no lo sabemos pero han asesinado a Geles. Geles Gayardo. ¿La recuerdas? Todavía estamos recopilando datos y tomando declaración al personal de la discoteca y a sus amigos más directos. 
-          ¡¡¡¡Cómo!!! ¿Qué me dices? Luis la he visto como a la 1:30.
-           ¿Y dónde has visto a Geles tú a la 1:30?
-          Ahí dentro.
-          ¿Cómo accediste a la fiesta? ¿Te enviaron invitación sms?
-          Sí claro.
-          ¿Sabes si había alguna otra forma de acceder a la discoteca?
-          No lo sé.
-          Ya, entiendo. – Pegó una calada honda a su Winston mientras abría su mente a todas las conjeturas posibles.

Todo se había complicado. Tarde o temprano encontrarían el teléfono y me vería involucrado seguramente en la investigación. Además, Geles había acudido al cumpleaños de Violeta. Violeta estaba dormida en mi casa. Luis debía de estar al tanto de todo, pero, ¿cómo explicárselo?  Cómo contarle que Andrés había vuelto entre los muertos. Que había acudido a la fiesta para salvar a Violeta de su segura muerte. Que mi vida y la de Violeta se habían vuelto a cruzar. Un puzle con todas las piezas perdidas.

-           Luis no pasaba por casualidad por aquí. Creo que tenemos que hablar.
-          Carlos, claro que tenemos que hablar. Necesito saber cuándo viste a Geles y qué te dijo.

Sabía perfectamente que Luis creía en mí como se cree a un loco. Con reservas. Y no le culpaba en absoluto. A veces me preguntaba si se podía arreglar algo tan preciso como la mente partiendo de su desconocimiento. Si esas píldoras que me daban cada día eran la solución o un velo negro que difuminaba mi realidad. Pero no me sentía esta vez culpable de quizá alargar o alimentar mi enfermedad. El hombre desde siempre había desconfiado de la lealtad de la mente cuando esta se había revelado por sorpresa. Todos en un momento dado tememos volvernos locos. Había que ser práctico. Lo que importaba ahora era cazar al asesino. Saber quién era. Porque Geles había sido el primer plato del banquete de muerte que nos amenazaba.  Ziggy tenía razón.

-          Luis no sé si lo que me ha pasado tendrá relación con el asesinato… Ayer recibí un mensaje en mi buzón de voz de un hombre que amenazaba con matar a Violeta.
-          ¿Violeta Mezquiriz?
-          Sí. Geles estaba ahí dentro porque es el cumpleaños de Violeta.
-          ¿Por qué recibiste tú y no Violeta el mensaje?
-          Pues, no lo sé.

Luis se encendió otro pitillo a la vez que me miraba como incitándome a pensar. Una hipótesis clara es que el asesino quisiera que yo fuera a la Guarida. Pero, ¿por qué?

-          Carlos, ¿qué te dijo Geles?
-          Apareció cuando Violeta se desmayó. Me dijo algo así como que un García Abril había muerto por ingerir alguna clase de droga.
-          Carlos, necesito saber exactamente qué pasó cuando Violeta se desmayó. Es importante. Quiero que Violeta y tú recreéis su caída ahí dentro y quién estaba alrededor vuestro. Y lo más importante quiero tener ese móvil en mis manos. Mis hombres están trabajando en ello. Pero no os necesito hoy. Os necesito mañana. Tengo que hablar antes con todos los trabajadores.

¿Por qué a Luis le preocupaba tanto la caída de Violeta y el móvil? Se suponía que el contenido del mensaje en el buzón de voz era fácilmente recuperable. Estaba claro que Luis había descubierto algo dentro de la Guarida. Alguna pista, evidencia de lo que se había pasado. Algún detalle que a Ziggy y a mí se nos había escapado.

-          Carlos, una última pregunta: ¿Qué hizo Geles cuando vio a Violeta desmayada en el suelo?
-          Se arrodilló a mi lado y la salpicó con vozca la cara.
-          Entiendo… - Pegó otra calada a su pitillo-. ¿Estaba nerviosa?
-          Sí, bastante.
-          Una actitud un poco rara viniendo de una enfermera, ¿no crees? Carlos, creo que Geles no estaba ahí dentro para celebrar el cumpleaños de Violeta. Es pronto para involucraros de lleno a Violeta y a ti en la investigación. No obstante, os necesitaré localizables todo el día de mañana.

¿Por qué mi hermano decía que Geles no estaba en la Guarida para celebrar el cumpleaños de Violeta? ¿Por qué me filtraba a mí esa información? Mi hermano era un verdadero profesional y no me habría dicho nada que no fuera necesario decirme. Desde el primer momento de nuestra conversación no se había resistido a contarme quién había muerto. Y ahora, incrustaba en mi cerebro la idea de que Geles había acudido a la fiesta con otro propósito ajeno a celebrar el cumpleaños de Violeta. Estaba claro que, como de una conversación socrática se tratara, mi hermano estaba intentando guiar mis razonamientos obligándome a pensar en una dirección determinada. Me preguntaba si mi hermano no me habría estado esperando apoyado en ese coche mucho antes de que yo llegara. ¿Qué habrían encontrado en el cuerpo, ropa de Geles, que respaldara esa hipótesis? ¿Por qué mi hermano me había preguntado por Geles y había obviado hablar de la posible identidad del sujeto que nos amenazaba en el mensaje? De la actitud de mi hermano se desprendía que pronto nos veríamos inmersos en la investigación del crimen. Pero que quería que pensara. Que madurara toda la noche mis razonamientos en la dirección dada antes de que sacara ningún tipo de conclusión.

-          Carlos, he mandado dos patrullas a la casa de Papá. El teniente Bayo está con Violeta. Se encuentra bien no te preocupes… Quiero que vuelvas a casa, descanséis, durmáis y mañana os acerquéis a la comisaría a declarar. Yo estaré allí.
-          ¿Cuándo has mandado la patrulla? No te he visto dar orden alguna.
-          Diez minutos antes de que llegaras.- Me contesto pegando otra calada a su pitillo.

Mi hermano sabía que volvería a la Guarida. Y la única forma de saberlo era porque ya poseía el teléfono móvil. O quizá no. Mi hermano no tenía por qué saber la necesidad que teníamos Ziggy y yo de volver a escuchar el mensaje. Volver a oír esa voz. Pero, lo que era evidente es que Luis me había estado esperando fumando un pitillo sobre su coche. Seguro que volvería al lugar de los hechos. Esto explicaba la poca resistencia del policía a que sobrepasara el cordón policial: tenía orden de hacerme pasar.  Pero, en el caso de que tuviera el móvil en su poder, entonces, ¿por qué me había dicho que lo más importante era conseguir el móvil?  Algo no casaba. No tenía toda la información y sólo la tendría si colaboraba con mi hermano. Luis marcaría los tiempos de la investigación como había hecho en mi vida.

Sabía perfectamente que hacer cábalas desde el desconocimiento no me llevaría a ninguna parte. Mi hermano quería que pensara en Geles. Iría a casa y me relajaría. Tomaría una ducha. La única información que tenía segura es que… Uno: mi hermano pensaba que Geles no había ido a la Guarida a celebrar el cumpleaños de Violeta. Dos: mi hermano estaba esperándome mucho antes de que apareciera en la Guarida.

-          Luis, entonces, ¿vuelvo a casa?
-          Sí, el sargento González te acompañará a casa.
-          Está bien, mañana nos vemos hermano.
-          Que Dios te bendiga Carlos.
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2 Comentarios Misteriosos:

  1. Mario dijo...:

    Esta novela tiene que llegar lejos...!
    Con lo difícil que se me hace leer un txt tan largo en pantalla de ordenador y lo fácil que se me hace tu novela.

  1. Es cierto, se me hace muy fácil leerte...cosa extraña tratándose de textos tan largos.
    Me gusta como escribes y tu capacidad de hacer diálogos, para mí, los diálogos es lo más complicado, hay algunos diálogos por ahí de grandes libros...
    Gran texto
    Saludos ;)

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