Nadja



Vivo en una nave discoteca llamada Atlántida. Nadja Nimri y las chicas de Ladytron me acompañan de copilotos. Todos juntos cruzamos el universo cada noche vendiendo tiempo. Es un gran negocio. Todo el mundo se arrepiente de todo. Todo queda incompleto. Todo está viciado por el recuerdo. Nadie parece recordar que esto es un jodido juego que siempre se juega. Nada es como es. Todo es como se recuerda. Con lo que ganamos, nos hemos comprado mucha ropa de Armani y un iglu en una luna de Plutón. Cuando terminamos la jornada, tirados en una de las literas de la nave, casi borrachos, Nadja empieza a besarme con la delicadeza del que degusta un plato japonés por primera vez. Sus besos son cálidos y rojos. Dejan una marca que taladra mi escultura terrestre. Y es que nuestras formas se desvanecen cuando follamos. No hay contraste entre la cercanía de sus labios y el final del universo. El tiempo y las distancias no existen salvo para ir al baño. La palabra felicidad es impronunciable. Nada es tan malo como para llorar. No hay cruces. Me hice astronauta para ver las cosas desde arriba y tener más tiempo para escapar. Ahora pienso que el problema no es escapar sino saber de quién huyes. ¡Mirad! Ahora sus labios tatúan en mi pecho un mapa de un mundo desconocido que mañana buscaremos entre constelaciones desconocidas. Nadja me mira con sus ojos manga mientras me besa como si esperara una sonrisa, yo cierro los ojos de nuevo, nada sigue importando, nada salvo sus besos y su olor a fresas. Creo que nunca soñamos así que supongo que estaremos dentro de nuestro sueño.

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