El día después.

Definitivamente lo que es gris es el Barrio Europeo y no el cielo que le perdona la vida. Todavía el cielo de Bruselas es el mismo que el de Madrid. Para mí el cielo es aún un espejo de añoranza.

Se han llevado la obra a otra ciudad. Si no, no se entiende. Las calles no cuentan nada de lo que se esperaría. Parecen como si alguien hubiera barrido las calles de tragedia. No hay nada de lo que los reporteros de la televisión dicen ver y encontrarse. La noticia es tragedia o no es.

La gente se muestra orgullosa y acude a trabajar ejecutando una venganza jamás revelada en este barrio que no me dice nada. No esperaba encontrar a gente tan digna. Ni aquí ni en ningún sitio.

Alegoría de una Revolución.


Hoy todas las frases bonitas te suenan ingenuas. Tarda demasiado. Ya debería estar aquí el condenado. Hoy no haces nada y lógicamente lo más probable es que te pasara algo. Pero nada termina por ser algo hoy en tus manos. Llevas tres horas haciendo lo mismo: comes palomitas y bebes cerveza barata en ese sofá que tiene ya tu forma. Comer palomitas es comerse a uno mismo. Comerte con toda tu mierda dentro. 

Cuando estás triste definitivamente te sientes más cerca de ti mismo. Definitivamente eso es inaguantable te repites una y otra vez. No hay cubos de palomitas suficientes en el mundo para sobrellevarlo. Gracias a Dios que de vez en cuando hay anuncios como los llamas tú; felicidad como los llaman los demás. Cuando los problemas pierden su sentido. O simplemente pesan menos. Cierras los ojos. Te dejas llevar por el tiempo. Por el placer que te insufla el aire acondicionado sobre tu cara.  Entonces una sonrisa traiciona el acontecer de lo previsto. Piensas que el jodido es un pato, un ser sin ninguna misión en este mundo pero basta imaginarlo para que una extraña alegría te invada. Y ya no digamos cuando se cuela a través de la trampilla de la puerta y os vais a jugar juntos al jardín de la casa de al lado. Entonces todo el mundo parece esperar a que acabes. Juegas como un niño y de repente te vuelves niño. Primero crees y luego ves. Primero bebes y luego dejas de ver. Así funcionan las cosas en tu mundo.

Miras al reloj por mirar. Te tumbas boca abajo en el sofá. Se te cae la cerveza. Da igual. Los niños funcionan boca abajo. Boca arriba se bebe peor. Se lee incluso peor. Como los insectos odias estar boca arriba. El vecino ha llamado a la policía tres veces en lo que va de mes. Nadie puede entender que un administrativo se lleve bien con un pato. Pero son los mismos que creen que un día llegarán a ser ricos porque sí. La verdad es que entiendo en parte a mis vecinos. No debe de ser un espectáculo agradable a la vista. Mirar por la ventana de uno y verme cuaqueando entre sus petunias. Pero deberían entender que mi pequeño jardín se me hace lógicamente pequeño. Soy un trasgresor de la propiedad privada. No se pueden quejar de otra cosa porque juro que corro lo que puedo persiguiéndolo y cuaqueo lo mejor que sé. Corro tras él moviendo las manos mientras él agita las alas amenazando volar. No creo hacer daño a nadie. Sería de ingenuos pensar que me iba a pasar todas las tardes sentado en el sofá sin hacer nada. Cuando te dan igual los demás uno hace lo que se permite hacer.   

Viejos

Hay cosas en la vida en las que uno no repara si se deja llevar. Si no está dentro del lío como digo a Juan, mi compañero de banco todas las tardes. A Juan le conozco sólo desde hace un mes pero es un viejo que habla y calla lo justo y gracias a éso y no a otra cosa nos hemos hecho amigos. Afuera todavía hace frío, y el frío que no mata es la puntilla para los viejos. Así que Juan y yo no saldremos fuera de este centro comercial hasta que el sol deje de ser un capricho el sábado por la mañana. 

Juan y yo miramos gente. Lujos: un café cada tres días. Nos pasamos las horas observando. Si quisiéramos hacer otra cosa no podríamos, no hay dinero, así que nos limitamos a mirar como los conectados compran. Los "conectados" son los otros. Un teatrillo de gente que entra y sale de las tiendas intentando analizar todo. Buscando un equilibrio perfecto entre deseo, necesidad y posibilidad. Las bolsas. Los carros. Los tacones golpeando los pasillos. Los móviles suenan. La gente responde. Conversaciones cruzadas. Vidas enganchadas. Los niños queriéndolo  todo mientras sus madres tratan de explicarles que en esta vida sólo se tiene lo que se gana. Me gustaría que alguna madre también le explicara a uno de esos niños que ganar sin tener no es ganar sino el anuncio de cada una de las desdichas. "Son niños", me contestarían esas madres. Y yo diría: "Claro mujer, angelitos". Cuando eres viejo como Juan y yo miras para atrás y solamente ves vida. Quiero decir que no reparas en el tiempo que necesitaste para aprender, y sino para aprender, esa palabreja es pretenciosa hasta para un viejo, para vivir. 

Juan desaparecerá un día y no puedo asegurar si lo echaré de menos. Juan y yo no nos meremos otra cosa que desaparecer. La vida se muestra como tal sólo cuando desapareces. No hablo de morir. Hablo de cuando empiezas a ver lo que pasa es ajeno y frío y las certezas pesan más que todas las esperanzas juntas.


Etiquetas:

Peligrosamente

El lugar de encuentro era Calle Minas, nº1. Me esperaba en la planta baja del Picnic tomando un té con leche que la inquietud de la espera le suministraba de una vieja y algo oxidada tetera metálica. Sujetaba la taza firme, aguantando el calor concentrado en el asa. Un bolígrafo y una carpeta de cuero se hacían presentes en una pequeña mesa de café decimonónico de madera al alcance rápido de su mano izquierda. Unos técnicos de sonido de un grupo indie que tocaban por la noche entraban y salían diligentes sin percatarse de su presencia. A esas horas el bar estaba tranquilo y acogía sin perder su condición algún lector o algún amigo de la camarera, una chica fea de cara, con las rodillas feas y los brazos feos pero quizá también con un conjunto bello. 

No era la primera vez. Aquellos sobres los recibía cada dos meses. Le ayudaban a llevar una vida acorde a un cúmulo de necesidades sobre el cual deslizaba su día a día y que le había convertido en quién era: un hombre admirado, respetado y a lo mejor hasta envidiado. Acudir al bar y recibir el sobre era un acto furtivo y quería que así continuara siendo. Formaba parte de su intimidad donde sus circunstancias personales se imponían a  la  rectitud de la que presumía en público. Ni su mujer lo sabía. Este era un país donde la crítica con la intención de exculparse y posterior condena con el objetivo de legitimar el funcionamiento errático de las instituciones era implacable, pero no porque la justicia tuviera un arraigo entre las gentes sino por anhelo de unos valores que nadie en el fondo poseía. Al final, quién era él, era una pequeña pieza del engranaje de algo socialmente admitido dentro del partido y del que nadie hablaba. ¡Y qué Diablos! ¿Quién era él para juzgar algo que seguramente los líderes, los que dirigían el país, compraban conciencias, marcaban el destino colectivo, habían admitido como práctica habitual y necesaria? Nadie le atraparía. Todo era tan fácil como coger el sobre y salir de aquel bar. No era un tipo complicado. Siempre que probaba un plato nuevo se impregnaba antes los labios. Los tipos así siempre tenían una salida de emergencia.

Le identifiqué mientras bajaba una pequeña escalera de caracol. Aquel hombre me daba la espalda. Miraba directamente a un escenario en penumbra con la cabeza algo ladeada. Saqué el sobre del bolsillo interior de mi chaqueta como un ganster saca su pistola. Lo cogí de un extremo. El sobre me conducía hacia su mesa como uno de esos palos que encuentran el agua en el desierto. Pero algo me hizo pararme en seco y volverlo a meter lentamente en mi chaqueta. Cogí una silla y me senté a horcajadas frente a él. La sala vacía e inquietante nos envolvía.  Nuestras miradas se cruzaron antes de que sus ojos se cerraran definitivamente y su boca se abriera ridícula de par en par.




Etiquetas:

Valladolid.


Hay vidas no vividas que esperarían tu vuelta toda tu vida. Que todavía hoy laten inconclusas. No término de entender por qué coños en la ciudad de uno no termina de pasar el tiempo para los anhelos, para los descartes tampoco. Porque estas calles aceptan de tan mal agrado mi realidad. Porque me creo niño entre ellas y a la vez las desprecio creyendo haberlas recordado más grandes y más mías.

Etiquetas: